EL DESEQUILIBRIO DE CASADO

 


En el casposo y cruel mundo taurino se cuenta la anécdota de aquel desdichado torero que solo en el ruedo con el toro desde la distancia era incapaz de llamar la atención del astado, cuando desde los tendidos alguien le gritó “salta para que te vea”. El nefasto matador puso tanto empeño en los saltos que resultaban desmedidos y desproporcionados, que desde el otro lado de la grada le gritaron “no tanto, que te ven desde fuera de la plaza”.

Gráficamente es lo que le está pasando al presidente del Partido Popular, Pablo Casado. Por una parte, se ve alentado a que intensifique su hostilidad, sobre todo en las formas, contra el gobierno. Por otra, la petición de moderación y serenidad que le exigen no pocos barones territoriales en su partido. Sin olvidar las continuas embestidas que cuestionan su autoridad dentro del PP proveniente desde el entorno de la presidenta de la Comunidad madrileña, Díaz Ayuso, y sin obviar que la extrema derecha que agazapada le está comiendo terreno sin hacer nada extraordinario para ello, tan solo poniendo el cazo para ver lo que cae.

En esta esquizofrenia política en la que se encuentra Casado no ha encontrado otra opción que la hipérbole discursiva. Insiste de manera machacona en su particular interés en el discurso y en su presunta efectividad retórica abandonando toda posibilidad de congruencia o de sustentar lo dicho. De este modo, no hay necesidad de probar lo que se afirma. Esta hipérbole discursiva le lleva a agudizar el discurso y a desinteresarse por los hechos.

Puesta la atención principalmente en el discurso, siendo relegados los hechos, si la circunstancia lo requiere lo corrige, aumentado, exacerbado en una hipérbole que podría ser oportuna retóricamente hablando, pero muy peligrosa a nivel social, ya que siempre hay formas de desmentir o tergiversar lo dicho esgrimiendo de forma recurrente que ha sido objeto de una mala interpretación para salvar la situación.

La disociación entre el discurso y la realidad, necesariamente conlleva un abandono de la ética que supone la exigencia de objetividad que debe surgir del compromiso social que impone a cada interlocutor el deber de honestidad.

El problema es que en la derecha política, en general, y en el PP en particular, la ética y honestidad normalmente son una carga, una antigualla y, en el mejor de los casos, un asunto relegado de forma abyecta en el discurso que ha sido hiperbolizado.

A buen seguro es lo que quiso decir la vicepresidenta primera del gobierno, Nadia Calviño, cuando en petit comité le dijo al alcalde de Madrid y portavoz nacional del PP, Martínez Almeida, eso de “tu jefe está desequilibrado”, después de haberle espetado a este que se había sentido asqueada por su intervención en la última sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados. Posteriormente, Casado en vez de enmendar lo dicho, recrudeció hiperbólicamente su discurso.

El desequilibrio del desdichado Casado, fruto de un desgaste personal y político, es el desequilibrio de un partido desgastado por los numerosos casos de corrupción que no ha podido cerrar aún y que perdiendo el suelo de la realidad presagiando grandes males que luego no se compadecen, está haciendo de la huida hacia delante su única estrategia sin más propuestas que ofrecer a los ciudadanos que la de desplegar una hipérbole discursiva sin sustento, obviando el análisis de las posibles graves consecuencias políticas y sociales.


Puño en Alto

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