NACER ANALFABETO

El dilema existencial y metafísico “ser o no ser”, que esgrimía el personaje Hamlet, príncipe de Dinamarca, en la primera frase del soliloquio de la obra del dramaturgo inglés William Shakespeare escrita en 1603, ha sido fruto de concienzudos debates entre los filósofos de toda corriente de pensamiento a lo largo de la historia.

Ese dilema origina que la persona se perciba a sí mismo como minúscula partícula, carente de dirección y propósito. La duda y la indecisión aparece en algún momento de la vida humana universal, solo para suspenderlo en breves instantes ante el escrutinio de la conciencia.

Más allá de la duda de la conciencia del ser, y llevando el argumento al lugar deseado, la deriva es inmediata. Se nace siendo o se nace no siendo o dicho de otro modo, se nace sabiendo o se nace no sabiendo. Si se admite que alguien nació sabiendo, admite que otros pueden nacer no sabiendo. Qué duda cabe, al margen de las capacidades innatas con que se nazca, aquellos que nacen sabiendo tiene una ventaja apriorística sobre aquellos que nacen no sabiendo. Hemos llegado a una calle sin salida, ya que cualquiera podría decir que despropósito es ese, porque nadie nace sabiendo nada. En cualquier caso, si algo puede venir de nacimiento son facultades innatas para el aprendizaje, sea reglado, académico o para el que la vida le presente.

Estas puras divagaciones, para unos buenas distracciones para pasar el rato y para otros, frutos de pensamientos conformados y bien estructurados intelectualmente, nos sirven para valorar a aquella persona que sin sonrojo y, menos aún, complejos, pueda afirmar de sí misma que nació analfabeto, sobre todo si se esgrime como cualidad a tener en cuenta en tanto en cuanto se presenta como candidato en una lista electoral.

Dando el beneplácito de la duda, lo que realmente se ha pretendido es resaltar que más que nada ha sido autodidacta en su aprendizaje y formación y con muy mala fortuna discursiva, se ha caído en una considerable hipérbole, esto es, una exageración retórica y expresiva que normalmente deforma la realidad, para degradarla o para ensalzarla, como es el caso.

Aquellos que nacen analfabetos como tara y consiguen sobreponerse a ello logrando equiparse en la sociedad a aquellos que nacen sabiendo, deben ser dignos de un verdadero reconocimiento y encomio, además de ser merecedores de la confianza de propios y extraños. Y se dediquen a lo que se dediquen, a buen seguro, que lo harán bien con todas sus potencialidades y si la actividad elegida es la política, no es menos cierto, que es garantía de realizar una labor seria, loable a la altura de la necesidades coyunturales de quienes nacen sabiendo como de los que, por el contrario, nacen sin saber o analfabetos.
La paradoja de nacer analfabeto es, después de sobreponerse a ello, hacer de la estulticia una forma de vida.

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